Cada persona nace con un Chernóbil en su corazón
Este artículo lo escribí para el Boletín Reforma Siglo XXI, de CLIR, Octubre 2021, Vol.23, № 2, en donde aparece bajo el título La rebelión del hombre en Génesis 3.
El 26 de abril de 1986 los habitantes de Prípiat, una ciudad ubicada a tan solo 3 kilómetros de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin -dentro de la región de Chernóbil- fueron sacudidos por la explosión del reactor 4 de dicha central luego de que su núcleo se sobrecalentara haciendo volar por los aires cantidades inmensas de materiales radioactivos altamente dañinos para la salud y el medio ambiente.
La nube radioactiva no solo impactó el área inmediata sino que se extendió por Europa y América del Norte. Aleaciones de circonio y grafito con un impacto 500 veces mayor que la bomba atómica de Hiroshima de 1945 extendieron una red de muerte por el continente. El gobierno de la entonces Unión Soviética reportó, sin embargo, tan solo 31 fallecidos. Pero muchísimas personas perdieron la vida víctimas de enfermedades cancerígenas al pasar de los años. Esta radiación destruyó paulatinamente el sistema inmunológico de aquellos que fueron expuestos a la misma, y los efectos sobre el medio ambiente siguen sin ser exactamente calculados al día de hoy.
Unas 600,000 personas recibieron altísimas dosis de radiación debido a que trabajaron en la descontaminación del área del accidente nuclear. Se estima que alrededor de 5,000,000 de personas vivieron en áreas contaminadas y unas 400,000 en lugares gravemente comprometidos por la radiación ionizante (mSv). La central se cerró definitivamente el 15 de diciembre de 2000. Los trabajos para tapar los reactores no cesaron. Apenas en noviembre de 2016 se inauguró un nuevo “sarcófago” para seguir intentando aislar los reactores que yacen en medio de un área totalmente desolada.
Cuando hablamos del pecado en el ser humano es difícil hallar un paragón apropiado para explicarlo. La Biblia simplemente habla de los efectos del pecado como la muerte. Según Romanos 5:12, “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron”. Esta muerte tiene al menos tres dimensiones o alcances: una muerte física, una muerte espiritual y una sentencia de muerte eterna.
Génesis 3 indica que el ser humano fue engañado por la serpiente, esto es, Satanás. Habiendo sido creados buenos, santos y justos, Adán y Eva cedieron a la tentación y desobedecieron al Señor que les había dado una sencilla instrucción:
«Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn. 2:16–17).
Satanás hizo dudar al ser humano de esta verdad. Conspiró: “¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?” (Gn.3:1), para rematar llamando a Dios mentiroso: “¡No es cierto, no van a morir!” (v.5). Llegar a “ser como Dios” fue lo que Satanás prometió al hombre en el Jardín del Edén y lamentablemente la estrategia funcionó. Al comer del fruto Eva y Adán recibieron de tajo el primer efecto de la muerte: la corrupción de su espíritu o su decadencia moral. Dejaron de ser justos, santos y buenos, y su cosmovisión recibió un impacto tal que sus ojos no volvieron a ver el mundo del mismo modo. La vergüenza y el miedo como cosecha inicial por su pecado destruyeron su integridad y evidenciaron la caída de su naturaleza como seres humanos.
Adán y Eva entraron además en un proceso de deterioro físico que los llevaría finalmente hacia la muerte física. Adán murió a los novecientos treinta años de edad (Gn.5:5); sobre la edad de la muerte de Eva la Escritura guardó silencio. Tal vez de todas las dimensiones de la muerte por el pecado esta, la muerte física, es la más notoria para el mundo. Esta muerte nos arranca a la gente que amamos, termina con los proyectos humanos sobre la tierra y representa para la mente humana la entrada en un sorteo de posibilidades de morir.
Por último, Adán y Eva fueron los encargados de engendrar a una humanidad que al nacer entró al mundo bajo el impacto de la ira de Dios por el pecado. Romanos 2:12 indica:
Todos los que han pecado sin conocer la ley también perecerán sin la ley; y todos los que han pecado conociendo la ley por la ley serán juzgados.
Esto significa que con o sin la ley el juicio de Dios es una realidad. Más aún, no existe manera en que a través de la obediencia a la ley pueda alguno evitar la condenación eterna- también llamada en la Biblia “muerte segunda” (Ap.21:8). Romanos 3:20 dice:
Por tanto, nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley; más bien, mediante la ley cobramos conciencia del pecado.
Todos pecamos y estamos destituidos de la gloria de Dios (Ro.3:23), y no hay forma humana posible en la que podamos hallar solución al problema de nuestra pecaminosidad y del resultado de la muerte física, espiritual y eterna que inició en el Edén.
Lo acontecido en Génesis 3 se puede ilustrar con la penetración de la radiación ionizante de la que fueron víctimas las personas en Chernóbil. En el denominado “Puente de la muerte” de la ciudad de Prípiat varias personas se detuvieron a ver desde lejos el lugar del accidente de la central nuclear. Se dice que varias de ellas murieron y otras enfermaron de gravedad al haberse expuesto a los polvos y cenizas de la radiación. No sabían lo que estaba entrando en su organismo pero eso no las salvó del daño mortal. Del mismo modo, en Adán todos nosotros fuimos expuestos a las terribles radiaciones del pecado, y tarde que temprano los efectos de eso se manifiestan en la vida de las personas.
En el accidente de la central nuclear participaron inmediatamente 134 bomberos de los cuales 28 murieron en los días o meses posteriores. La exposición al grafito prácticamente cocinó la piel de varios bomberos para llevarlos a la muerte un poco más tarde. En suma, mientras muchas personas recibieron inmediatamente las señales del padecimiento por contaminación radioactiva, muchas otras, miles y millones, vivieron aparentemente sin problemas relacionados hasta que sus cuerpos comenzaron a mostrar la realidad.
El pecado llevó a Adán a percatarse de forma inmediata de su corrupción moral al abrir sus ojos y darse cuenta de que estaba desnudo (Gn.3:7), pero le tomó novecientos treinta años probar el efecto final de la muerte física. Sobre su muerte eterna después de su muerte física los teólogos han especulado. Algunos opinan que fue eternamente condenado al infierno mientras que otros, la mayoría, consideran que Adán fue salvado por medio de la fe en el Dios que lo creó, al cual conoció y escuchó cara a cara, y el que con su gracia decidió vestirlo junto a su mujer con túnicas de pieles (Gn.3:21). Finalmente, Adán y Eva fueron usados para traer la simiente que salvaría a todos los pecadores que creyeran en su nombre: Jesucristo (Jn.5:24), y podemos colegir con seguridad que Eva esperaba esta simiente creyéndole a Dios de forma completa, según vemos que al engendrar a Caín expresó: «¡Con la ayuda del Señor, he tenido un hijo varón!» (Gn.4:1). La salvación es solo por la fe, y Adán y Eva parece que vivieron con esta fe todos los días de sus vidas.
La gente en Chernóbil no pudo deshacerse de todos los efectos de la radiación en sus cuerpos. Tuvieron que enfrentar las consecuencias y esperar la clase de gravedad y estragos que tendrían que experimentar. Pero es aquí donde aparece la gran diferencia: Dios no proveyó manera certera de salvarse del impacto de la radiación pero sí proveyó el camino seguro y gratuito para que pudiéramos ser librados totalmente de la muerte espiritual y de la muerte eterna (Jn.10:28), y aún ofreció la posibilidad de ser rescatados de la muerte física, en el caso de que el Señor venga por nosotros antes de que probemos esta muerte (1 Co.15:52). El apóstol decía:
Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús (Ro.8:1).
No importa el nivel de contaminación y de muerte que el pecado haya alcanzado en nuestras vidas. Jesús murió en nuestro lugar para limpiarnos de todo pecado y darnos la vida eterna, gratuitamente, por la sola fe en él.
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