“La ropa sucia se lava en casa”
El Dr. Dave Stoop (2011) escribió en su libro Forgiving our fathers forgiving ourselves que dentro de las dinámicas familiares destructivas existe el mito denominado “la ropa sucia se lava en casa”. Significa que los problemas de la familia no salen y se quedan y arreglan dentro de la familia. Es una especie de código de honor que ningún familiar debe violar.
¿Cuál es el problema con este mito? Que dentro de los numerosos conflictos que pueden existir dentro de una familia, hay algunos que por su naturaleza grave no se hace bien en callarlos. Por ejemplo, el abuso y maltrato infantil o la violencia, vejaciones y amenazas contra la esposa o el esposo. Decir que “la ropa sucia se lava en casa” indicando que el abuso no debe salir de la alcoba o de casa puede generar una escalada de consecuencias a veces irreversibles contra la dignidad e integridad de las personas en la familia.
Entre cristianos muchas veces funcionamos desde el mito de que “la ropa sucia se lava en casa” en asuntos que ponen en entredicho la integridad y seguridad de las personas. Como 1 Corintios 6:1–8 indica que es una vergüenza poner por jueces entre hermanos en la fe a gente que nada es en la iglesia, se considera que no es apropiado ventilar situaciones de abuso y maltrato con las autoridades correspondientes. Ciertamente, hay muchos casos en los que padecer la ofensa de un hermano y pasarla por alto es lo correcto, pero también es verdad que hay otros casos que son tan delicados que aún las propias leyes de los Estados se han asegurado de sancionar a los ministros religiosos para obligarlos a comunicar cualquier información que tengan acerca de actos que atenten contra la integridad física y emocional de los demás, en especial de niños y mujeres.
Recientemente leí que el 18 de agosto de 2002 John MacArthur públicamente excomulgó a un miembro de su iglesia, una mujer llamada Eileen Gray, porque no se sometió a la amonestación de los ancianos.
Eileen Gray era la esposa de David Gray, quien fue maestro de niños en la iglesia de MacArthur de 1994 al 2001. Eileen Gray dejó a su esposo para proteger a sus hijos del abuso físico y psicológico que todos estaban recibiendo de su parte, especialmente los menores. Gray optó por acudir a la autoridad de quien obtuvo una orden de restricción, lo que causó que el liderazgo de la iglesia estuviera enviándole varias cartas entre 2001 y 2002 llamándola al arrepentimiento, que en términos prácticos significaba regresar con su esposo y levantar la orden de restricción. Era su deber someterse -le dijeron- para que pudiera dar el ejemplo del cómo se debía sufrir por Cristo. Los líderes de la iglesia consideraron que el esposo, que había trabajado por años en la congregación, era una persona que no era quien Eileen decía.
Eileen no cedió y entonces el pastor MacArthur procedió a excomulgarla. Les dijo ese día a las 8000 personas presentes, entre ellas Eileen:
Quiero mencionar una situación triste, una persona que no está dispuesta a arrepentirse. Y la iglesia tiene la responsabilidad ante Dios de ser el instrumento de disciplina. . . . Esto es lo que el Señor quiere. Quiere disciplina. . . ser expulsado de la iglesia, ser avergonzado públicamente, ser apartado de la comunión. En este caso se aplica a Eileen Gray.
Sin embargo, el esposo de Eileen, David Gray, cumple hoy una condena de 21 años a cadena perpetua por abuso infantil agravado, lesiones corporales a un niño y abuso infantil, desde los fallos judiciales en su contra en el 2005 en California, unos tres años después de la excomunión de Eileen por no obedecer el consejo de los líderes eclesiásticos.
Los detalles los documentó Julie Roys en su sitio.
Los enemigos de MacArthur han usado esta historia real para desacreditar su ministerio. Los más fieles a MacArthur han optado por guardar silencio y no tocar el tema, o hacerlo de forma periférica. Yo he optado por “exorcizarme” en medio de la tristeza que esto me causa como admirador del ministerio de GTY. Esta iglesia no es la primera ni la última en considerar un caso grave de abuso en la iglesia exigiendo su exclusiva ventilación intramuros, no creyéndoles a las víctimas (o minimizando sus experiencias) y optando por proteger o favorecer a su institución y su buen nombre.
Viene a mi mente lo que la Biblia dice: “Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga” (1 Co.10:12), lo que exige que nos miremos en un espejo y aprendamos de los errores de los demás en lugar de caer en la presunción espiritual y los ataques.
Si un ministerio tan grande y poderoso, y tan prolijo, como el de MacArthur pudo incurrir en esto, también nosotros podemos hacerlo. Hoy el mundo no es como en el 2002, pero nosotros seguimos siendo los mismos pecadores. Deseo que al superar la tristeza por casos como este podamos ver con más claridad, en el horizonte del reino de Cristo, un camino mejor para las mujeres, los niños y la humanidad en general.
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