Una advertencia para jóvenes de derecha
El activismo de derecha en redes sociales ha estado reclutando mentes jóvenes a través de tres ejes ideológicos: el eje provida, el eje anti-comunista y el eje de la novedad. El entusiasmo que muchos jóvenes, sobre todo mujeres, muestran a favor de la vida es encantador. Defienden su privilegio de ser o poder ser madres y de servir en su hogar y comunidad contra lo que el feminismo le dice al mundo.
El otro eje, el anti-comunista, apela en ellos a su espíritu combativo. Agustin Laje, y otros de su línea, ha sido uno de los rostros más representativos de lo que un joven debería de aspirar a ser: preparación, valiente exposición de las ideas y señalamiento de inconsistencias en los regímenes socialistas.
Finalmente, el eje de la novedad es el que han utilizado para vender la idea de que la lucha provida y la lucha anti-comunista solo será exitosa bajo un régimen de derecha, que, insisten, no existe en muchos países de Latinoamerica. Entonces todos esos jóvenes, si de verdad desean que sus ideas prevalezcan en su sociedad tiene que unirse en la formación de una derecha “valiente y popular".
Entre muchos jóvenes cristianos ha funcionado muy bien la idea dominacionista de que es la voluntad de Dios establecer su reino en todas las estructuras sociales y políticas, y que es deber de la iglesia consolidar una especie de guerrilla religiosa -un refrito de las cruzadas- que combata al régimen socialista hasta instaurar a una derecha que haga prevalecer la Ley de Dios.
Detrás de estos ejes está, sin embargo, el motor que alimenta una parte importante de este activismo: el miedo. Miedo a la inminente destrucción del país por parte de los comunistas, miedo al feminismo, miedo a los homosexuales, a los inmigrantes, a los indígenas y a los que opinan diferente. Muchos están convencidos de que hay una conspiración mundial para arruinar los valores occidentales de la tradición, la decencia, la familia y la religión cristiana. Y que por ello ya no se puede ser mesurado, no se puede ser “tibio"; el centro no existe; existe el coraje de pelear o la cobardía de ceder.
He estado leyendo el libro de un ex-terrorista del Ku Klux Klan, Thomas Tarrants, en donde narra el cómo las semillas del odio echaron raíces en su interior. El libro se llama Consumed by hate, redeemed by love.
Desde una pésima relación con su padre al que pronto comenzó a odiar, Tarrants vivió una época de transiciones políticas y sociales muy importantes en Estados Unidos, cuando aún era un adolescente y según su opinión “no había desarrollado las habilidades del pensamiento crítico” (Tarrants, 2019, p.43).
Tarrants creció en la cultura sureña de Estados Unidos donde la segregación era tradicional y normal. La mayoría asumíamos -dice- que los blancos eran superiores a los negros. La época de los años 50, después de la Segunda Guerra Mundial, ofreció a esta sociedad la impresión de haber alcanzado la comunidad idílica: había dinero, estabilidad, una comunidad blanca separada y fuerte, y una fe cristiana que estaba llenando los suburbios con gran rapidez de la mano de predicadores como Billy Graham y el obispo Fulton J. Sheen.
Pero este paraíso terrenal estaba siendo amenzado por el avance del comunismo. Estalló la guerra Koreana y los comunistas estaban aprovechando la caída de los imperios británico y francés.
Luego se descubrieron espías comunistas en Estados Unidos que estaban robando secretos nucleares, al mismo tiempo que la URRS desarrolló su bomba de hidrógeno y para 1957 había enviado el primer satélite al espacio (Sputnik).
Por si fuera poco, dentro de Estados Unidos la Corte, en 1954, había emitido el fallo Brown vs Board of Education que declaró que las leyes estatales que establecían escuelas separadas para estudiantes negros y blancos negaban la igualdad de oportunidades educativas.
El descontento entre los blancos comenzó a crecer. En 1957 el gobernador de Arkansas Orval Faubus desplegó a la Guardia Nacional para bloquear el acceso a la Preparatoria Central en Little Rock a nueve estudiantes negros, a favor de la cuales había fallado la Corte federal.
Eventos similares ocurrieron en Mississippi donde el gobernador Ross Barnett públicamente se opuso a la desegregación en 1962 tras la matriculación de James Meredith en la Universidad del Estado.
En 1963 otro gobernador, George Wallace, contra la orden de la Corte federal se interpuso a las puertas del Auditorio Foster de la Universidad de Alabama para impedir el acceso a dos estudiantes afroamericanos. Tarrants recuerda las palabras de Wallace que resonaron en la mente de muchos electores blancos: “En el nombre del gran pueblo de estas tierras, pongo la línea en el polvo ante el pie de la tiranía…y digo…segregación hoy…segregación mañana…segregación para siempre".
Kennedy actuó para que los estudiantes afroamericanos pudieran ingresar a la Universidad a pesar de la oposición de Wallace, lo que provocó la ira de muchos blancos, entre ellos el joven Tarrants: “Estaba furioso por el incidente. Estaba rabioso con el gobierno federal por entrometerse en lo que yo creía ser un asunto del Estado [de Alabama]” (p.40).
No paso mucho tiempo para que la Corte emitiera otra resolución para impedir que se orara y se leyera la Biblia en las escuelas. Tarrants dice que quedó en shock pues había crecido con esa práctica mientras estudiaba sus primeros grados. Además, Martín Luther King estaba en su apogeo y toda clase de sentimientos de temor e ira inundaban el sur en aquellos días en los que el status quo estaba siendo derribado.
Tarrants, entonces un joven lleno de resentimientos, confusión y furia, se hizo de contactos en The John Birch Society. Esta organización estaba muy preocupada por el avance del comunismo, y por su influencia en Estados Unidos y dentro del movimiento de derechos civiles con el que estaban en desacuerdo. Adicionalmente, creían que la ONU estaba tratando de imponer un gobierno mundial para controlar la tierra entera. Una idea que a la fecha sigue siendo muy popular entre derechistas.
En la mente del joven Tarrants, el país podría colapsar en cualquier momento por lo que era hora de tomar acción más allá de la ley y la política: “A la edad de diecisiete años había dejado sin dudar el patriotismo verdadero y me había movido al oscuro mundo del extremismo de la ultra-derecha” (p.43). Desde entonces su misión era trabajar haciendo lo que fuera necesario para salvar a América, al cristianismo y a la raza blanca.
La historia es útil para aprender a vivir una vida mejor. En los tiempos de juventud de Tarrants como en los de hoy, las estrategias de reclutamiento de la extrema derecha no son muy diferentes. Hay que sembrar el miedo y ofrecer una bandera para enarbolar. Preferiblemente revestida de algo de Cristo. El odio es un centro de energía muy poderoso que se alimenta del pecado del orgullo y de las deficiencias del carácter humano.
Pero Dios tiene para los jóvenes un centro de energía distinto, el centro del amor y de la gracia: “Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios" (1 Jn.4:7). No te dejes engañar. Más allá del odio y el temor está la esperanza.
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